Echarte de menos es como la primera onda expansiva en Hiroshima. Que no lo ves venir hasta que, de repente, te destroza. Y así con todo. Con tus manos, con tu voz, y con todo ese dióxido de carbono que me sueltas al oído cuando me susurras que qué bien, que por fin he vuelto.
Quererte es volar a corazón abierto, sabiendo que vas a caer. Pero volar, al fin y al cabo. Es buscar excusas para no dejar de olvidarte, y recordarte en el baño de algún antro con la cena en la garganta mientras llamo por el nombre correcto a la persona equivocada.
Llamarte... bueno, ya no sé ni cómo llamarte. Has tenido tantos nombres que ya no sé quien eres. Pero sé lo que puedes ser, y ese ser es prueba infinitiva de que nunca has vuelto porque nunca te has ido. Porque ser no es estar, y estar no es quedarse.
Así que no te quedes, que te quiero (echar de menos).
Y no te vayas, que cuando vuelvas igual me he ido,
y ya no puedo vivir sin ti.
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